
Carmen
Ortíz García
Investigadora del Dpto de Antropología
del Instituto de la Lengua Española-CSIC
Cuadrado,Jesús
Atlas español de la cultura popular.
De la historieta y su uso 1873-2000 / Jesús Cuadrado. -- Madrid:
Ediciones Sinsentido :
Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2000.
-- 2 v. (1334 p) : il. ; 24 cm.
-- Índice.
-- ISBN 84-89384-23-1
Aunque la magnitud de la obra que la ficha de arriba describe pueda quedar resumida
en cifras, del orden siempre de los millares (7.000 entradas; más de 2.700 réplicas,
alrededor de 1.800 ilustraciones y 1.400 páginas), los números, como pasa a
veces, no llegan a transmitir una imagen cabal de la labor llevada a cabo por
Jesús Cuadrado (Palencia 1946), que resulta ser todavía más ambiciosa. El empeño
personal de Jesús Cuadrado comenzó en 1993 con la elaboración de un primer Diccionario
de uso de la historieta española 1873-1996, conteniendo 6.000 entradas, que
se publicó en 1997 por la editorial Compañía Literaria (sobre este Diccionario
ver artículo en De la historieta y su uso…, p. 383; sobre el autor, entrada
en pp. 329-331), entre 1997 y 2000 el autor ha elaborado los dos tomos
De la historieta y su uso 1873-2000, que amplían y enmiendan el primitivo diccionario,
y constituyen el primer volumen de un Atlas español de la cultura popular, que
incluye además otros dos, dedicados, respectivamente a tratar De las literaturas
de quiosco y las mitologías y De la cinematografía y la imagen moviente. Acerca
del primero, en la solapa de De la historieta, se informa de que el autor "afronta
en la actualidad el cierre de las más de cuatro mil páginas de la segunda entrega".
Aunque Jesús Cuadrado ha contado en esta empresa con la colaboración, indispensable
a la vista del volumen de información que se ha manejado, de un nutrido grupo
de documentalistas (concretamente quince, que se enumeran en los créditos del
libro), este equipo ha debido enfrentarse con una serie de problemas de tipo
metodológico y técnico que hacen mucho más meritorio su trabajo.
Entre éstos, destacaría tres: la dificultad de afrontar una compartimentación
de la información en forma de diccionario, es decir, con una ordenación artificialmente
pautada, de la a a la z; con una forma de expresión concisa y definitoria que
requiere en algún caso unas grandes dotes de síntesis; y, finalmente, con el
carácter de exhaustividad que un diccionario de uso por naturaleza debe tener.
Si en países de nuestro entorno geográfico y cultural -pero de los cuales nos
separan distancias enormes en cuanto a inversiones hechas en el conocimiento,
la cultura y la ciencia- es posible contar con instrumentos de referencia básica
para el trabajo intelectual, entre los cuales los diccionarios ocupan un muy
importante lugar, en España esta labor repertorial se ha atrasado tanto en el
tiempo y se ha hecho con tal precariedad de medios que todavía al día de hoy
faltan obras de referencia sobre temas fundamentales de nuestra historia y nuestra
cultura. Además, muchas de las que se han hecho y publicado recientemente han
dependido del esfuerzo generoso y alargado en el tiempo de una persona o un
grupo de iniciativa, privado y corto en integrantes. En este contexto, el libro
que tenemos entre manos cobra, a mi juicio, un valor añadido; el que le confiere
saber lo que cuesta culminar un proyecto de estas características en nuestro
país. Con todo, en el diccionario de Jesús Cuadrado se puede encontrar también
la propia historia de la recopilación y estudio de la historieta en España,
y así, no sólo tienen en él entrada autores que, como J. Coma, S. Vázquez de
Parga, L. Gasca, R. Gubern o J. A. Ramírez, han tenido un papel relevante en
el estudio y divulgación de este género, sino también otras obras que pueden
considerarse precedentes en su intento catalogador; por ejemplo, la Historia
de los cómics (Barcelona: Toutain, 1983), dirigida por Javier Coma (ver también
los artículos dedicados a la "crítica española" y, sobre todo, "crítica latinoamericana";
pp. 324-328). En segundo lugar, hay que tener en cuenta la dificultad intrínseca
del material sobre el que el autor ha puesto su interés. Si recopilar documentos
bibliográficos requiere siempre unas dotes de paciencia y, concretamente entre
nosotros, un género de habilidades difusas pero necesarias para moverse por
las intrincadas sendas que han sido características de las bibliotecas españolas
hasta hace muy poco, en el caso de los tebeos las sendas se pierden y aparece
una inmensa jungla, o un inmenso vacío, según se mire, porque este tipo de materiales
han sido despreciados por los conservadores de la cultura letrada. Así que la
lista de problemas a resolver comienza por la misma localización del objeto,
de cuya existencia, a veces efímera en el tiempo, pero en cualquier caso siempre
deleznable, puede llegar a ser difícil encontrar pruebas o testigos a pesar
de su masividad.
Luis Alberto de Cuenca alude, en el prólogo que escribe al libro, a esta ausencia
del material en las bibliotecas públicas. La erudición de Jesús Cuadrado se
hace, contando con este inconveniente, aún más excepcional porque se aplica
a unos productos a los cuales solo muy recientemente se ha concedido carácter
patrimonial y éste todavía de poco valor en comparación con otros editoriales,
los libros, por ejemplo. Pero aún más que en su ubicuidad, la dificultad radica
en que se trata de un "género" difícil de definir, o de catalogar, por sus propias
características y su enorme versatilidad. La misma denominación, que intenta
hacer sinónimas palabras tan diferentes como historieta, cómic o tebeo, nos
indica ya una amplitud de formas y contenidos que no existen en otros "géneros"
artísticos, literarios o de comunicación. La variedad de formatos, de lenguajes,
pero también de oficios específicos, de técnicas de producción, de públicos,
de objetivos, en suma, desde la pedagogía y el humor a la pornografía y la subversión,
nos sitúan ante un "genero" industrial que apenas cabe en la definición más
usada por los literatos de "fronterizo". La tercera consideración que me interesa
hacer tiene que ver con el antetítulo del diccionario: Atlas español de la cultura
popular.
En efecto, es una novedad encontrar entre nosotros el término "popular" referido
a una cultura masiva. Mucho más habitual es el uso de "popular" para la parte
más folklorizada y/o tradicional de la cultura, que resulta ser, paradójicamente,
la menos "popular" en cuanto al número muy restringido de sus practicantes.
Nadie podrá negar que la historieta es un género "popular"; sin embargo, es
curiosa la poca atención prestada a él (y a otras manifestaciones similares)
por los estudiosos de la cultura y, concretamente, los que debieran estar más
especializados en ella; es decir, los folkloristas y antropólogos. Solo recientemente
y, es preciso reconocerlo, por influencia de investigadores que, como los norteamericanos,
hace ya muchos años que se enfrentan teórica y prácticamente con las múltiples
manifestaciones de la siempre viva y cambiante cultura popular, este tipo de
enfoque culturalista, y yo diría que eminentemente antropológico, ha empezado
a calar en los medios académicos e intelectuales españoles. Aunque de alguna
manera subyacente, en el trabajo de Jesús Cuadrado sobre la historieta y otros
géneros expresivos de carácter industrial y consumo masivo se aprecia la motivación
de superar la estéril división establecida comúnmente entre "artes mayores y
menores" (en un ámbito más culturalista, gran y pequeña tradición). Llevada
a otros términos, la división de la cultura en culta y popular encierra la misma
falacia. Nuestra realidad como personas, que incluso pueden desempeñar un trabajo
de tipo intelectual, es que en nuestra experiencia real no puede establecerse
ninguna separación entre cultura popular (la de los cómics, las películas, los
chistes o los chismes) y cultura letrada (la del colegio, la universidad o de
los libros eruditos). Como dijo un famoso folklorista norteamericano (A. Dundes)
el pueblo somos nosotros -no solo los de pueblo- y, en mi opinión, es muy conveniente
que se vaya imponiendo la idea de que el pueblo es lo mismo que los ciudadanos
y que nada esencialmente cultural (ni mucho menos étnico) puede servir para
distinguir un concepto de otro.
En este sentido es aleccionador el libro de Jesús Cuadrado, porque en él aparecen
juntos, aunque cada uno en su lugar, los absurdos, y maravillosos, personajes
míticos de la niñez franquista que yo tuve: Diego Valor (p. 385), el Doctor
Niebla (p. 390), Los Aznar. Luchadores del Espacio (p. 417) o Florita (p. 477).
Incluso, la aleatoriedad del alfabeto coloca juntos a algunos francamente incompatibles:
Flash Gordon (que no tiene artículo porque es americano) y Flechas y Pelayos
(p. 475). Pero además del pasado infantil que suele evocarse al hablar de tebeos
o historietas, en este libro se encuentran también los fancines más marginales,
o más populares, de la etapa de la transición y las series que identificamos
con nuestra juventud (por ejemplo, El Víbora, p. 1287); los libros más clásicos
sobre el cómic y una enorme cantidad de personajes reales (historietistas, guionistas,
dibujantes, traductores, sesudos historiadores) cuya disparidad abarca toda
nuestra riqueza cultural.
Y así en De la historieta y su uso tienen sitio desde los fanzineros marginales,
como el que firmaba con el seudónimo de "Elreydespaña" sus historietas alternativas,
en los años noventa, en El Cojón, El Lokal, El Señor Gordo, La Ratilla fanzine,
Ojalatemueras, etc. (p. 414), hasta algunos de nuestros más reconocidos intelectuales
como L. A. de Cuenca que, no solo firma el prólogo, sino que aparece también
en el diccionario (incluida caricatura) por ser autor de una novela, Héroes
de papel (1990), en que los personajes de los tebeos cobran vida en la imaginación
del niño protagonista (p. 621). Si a alguien, como es mi caso, le gusta leer
diccionarios, éste es uno de los más atractivos que puedan elegirse, por la
variedad de cosas que contiene y que resultan útiles, sorprendentes y novedosas,
a pesar de que estemos, todos los aficionados a los tebeos, familiarizados con
ellas. Sirven como muestra, las voces que se dedican a "cómic". Pero, también
se encuentran otras cosas. Por ejemplo, leyendo la pequeña entrada que se dedica
a Ceesepe, como ocasional dibujante y guionista de cómics, se sabe que una de
sus historietas (publicada en la revista Madriz, nº 4, 1983) fue denunciada
por el grupo conservador del Ayuntamiento de Madrid, a la sazón editor de la
serie, por aludir, uno de los personajes, "Superfranki", al general Franco (p.
250).
También resulta curiosa la definición dada por la revista Restauración, órgano
de la iglesia evangélica española, de los editores de tebeos: "bloque casi omnipotente
de mafiosos que se enriquecen empobreciendo el alma de los niños" (p. 863).
El libro aparece ilustrado con profusión, lo que, aunque sea un lujo editorial
considerable, es necesario en una obra dedicada a un producto que emplea un
método de expresión eminentemente mixto entre el lenguaje icónico y el escrito.